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Yo me acercaba a ver los discos que estaba tocando; en aquel tiempo no se hablaba ni se dedicaban canciones como ahora, nomás se colocaba el disco de acetato de 33, 45 o 78 revoluciones. Se me quedaban viendo sus ayudantes, y me corrían bien feo. Yo lo que quería era sentir el ambiente del señor, hasta que logré que me aceptara como su amigo. Después empecé a ayudarle, cargando la bocina, la trompeta, los discos. Se iba a tocar cada ocho días a las vecindades del barrio de Tepito. Pero ya conociendo a aquel señor, me gustó más el ambiente, y se me volvieron como un vicio la música y el baile, y empecé a acompañarlo. Entonces, llegábamos a la una o dos de la mañana, y en vez de irme a mi casa, pues me quedaba en la suya. Al otro día su mamá nos hacía de almorzar.

Y así empezó todo este movimiento. Yo no lo hacía con el afán de que me diera un sueldo, sino por andar con él. Yo le ayudaba a mis tíos, que compraban cosas usadas por domicilio: recámaras antiguas, roperos desarmables, lunas de Luis XV francesas, cosas de anticuario de aquella época, que la gente no sabía su valor y las vendía. Mi tío siempre andaba en el bisne con un socio. AR: ¿Cómo comenzó a tocar en público? RR: En aquel entonces yo me iba a las calles de Argentina, donde había un cine que se llamaba “Alarcón” -que ya no existe— y enfrente había una discoteca. Yo me acercaba a la tienda, escuchaba los discos y me embobaba escuchando la música, tanto que hasta el señor de allí ya me conocía. “¿Te gusta la música? ”, “Sí”, “¿Qué clase de música te gusta? ”, “Pues la Matancera”. Ponía discos de la Matancera, y yo encantado. Me enviaban a mandados, y me tardaba por estar escuchando la música.

Un día, ese señor puso un anuncio: “Se traspasa discoteca, con discos y muebles”. Me dijo: “Voy a rematar todo, ya me cansé y quiero irme a descansar.” “Oiga, ¿ ”, “Sesenta mil pesos” —en esa época eran millones. Se me prendió el foco, fui con mi tío, y le dije: “¿ Que venden una discoteca a puerta cerrada, todos los discos y todos los muebles: consolas, televisiones”. ”, “Frente al cine Alarcón”. “¿Cuánto quieren”, “Pues 60 millones”. “¿Y tú cómo ves? ”, “Pues está bien”, “Vamos A verlo”. Total que fuimos a la tienda de discos, allí estaba el señor, y se lo presenté a mi tío. Éste se animó y compró los discos y la tienda a puerta cerrada. Me dijo: “Changa, vete por la camioneta”. Fui a alquilar una y nos echamos como cinco viajes de discos —y yo por acá apartando los de la Matancera—. “Quiobo, quiobo, quiobo, ¿ Mira nomás, todavía no vendo ni un pinche disco y ya te los estás apartando.

Échalos pa’cá.” Eran los discos de la Matancera los que me interesaban, hasta mi corazoncito palpitaba; los guardé en una caja de “Roma”, un montón de joyas con las que empecé a hacer mi colección. Llegamos al mercado de Tepito a descargar los aparatos, y mi tío apiló los discos, que se vendían en el suelo. Bajamos los aparatos, entre ellos un bafle; cuando lo cargué, se oía algo suelto, y era una bocina. Lo atornillé, saque un cable y dije: “¿ Para esto, pasaba la gente, pero no se vendían los discos. Entonces me dije: “¿ Si le pido prestado el amplificador a las socias de la Casa Blanca? ” Pues fui: “Oiga, hermana, présteme su amplificador”, “¿ Me llevé el amplificador, compré cable y, como estaba en el suelo en los mercados, pues le dije al de una cremería que me dejara conectar: “Sí, ¿ ”, “Música”. Conecté el bafle con bocina Philips de 12 pulgadas, con un Radson de 25 watts, salida de bulbos, y empecé a probar los discos.

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